Charles Darwin hizo un solo viaje largo en su vida. Pero la travesía del Beagle, uno de los itinerarios más famosos de la historia, fue la materia prima indispensable para la elaboración de una idea que marcaria para siempre a un hombre extraordinario y revolucionaría la ciencia y la comprensión de nuestro devenir sobre la Tierra. De esa expedición, veinte meses pasó Darwin en Chile, país que conoció de la cordillera al mar, desde el indómito sur al desierto nortino, sumergiéndose con intensidad en la historia natural de la cordillera de los Andes, el Cabo de Hornos, el bosque valdiviano, nuestro fértil valle central y los campos verdes y lluviosos de Chiloé. Aquí, la naturaleza desplegó ante el joven británico los espectáculos reservados a estos parajes -terremotos, volcanes en erupción y desprendimientos glaciares-, aunque también le proporcionó momentos de plácida contemplación que no hicieron sino iluminar las asociaciones que poco a poco iban dibujándose en su mente. Esta es la crónica de lo que vio, descubrió y pensó Charles Darwin durante su paso por Chile.